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Cómo Encarar los Riesgos de Catástrofes Naturales



El Banco Mundial y la escuela Wharton organizaron conjuntamente en Washington DC los días 9 y 10 de enero de 2001 un taller sobre gerenciamiento de riesgos catastróficos. Su objetivo básico fue elaborar propuestas innovadoras para el desarrollo de planes para gerenciamiento de desastres a fin de ayudar a las economías emergentes con investigaciones actuales y pasadas sobre el sector de riesgos naturales. Este artículo, escrito por Christophe Courbage1 y publicado por The Geneva Association en su publicación "Risk Management" (N° 29, mayo 2001) se basa en parte en temas analizados durante dicha reunión.


En las décadas pasadas se ha registrado una creciente severidad en las catástrofes naturales. Las diez mayores ocurrieron durante los últimos seis años, entre ellas el terremoto de Kobe que causó pérdidas por U$S 82.400 millones. Dichas catástrofes son no sólo muy costosas sino también dramáticas en términos de vidas humanas, especialmente en naciones con bajos ingresos donde los desastres tienden a tener un impacto muy grande. Según la OECD, Organization for Economic Cooperation and Development (OCDE - Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos), entre 1990 y 1998 alrededor del 94% de los grandes desastres naturales y más del 97% de las muertes relacionadas con ellos se produjeron en países en desarrollo. Los recientes terremotos en El Salvador e India son un severo recordatorio de este hecho.
Es todavía materia de controversia si el calentamiento global es el factor directo que causa muchos de estos desastres, pero es claro que una mayor concentración de valores y población, y una creciente interdependencia de la actividad económica en zonas proclives a las catástrofes han llevado a un creciente riesgo de vulnerabilidad a estos acontecimientos.
El debate sobre el manejo de riesgo de desastres no es nuevo. Ya en 1885, l'Encyclopédie des Travaux Publiques decía: "Los diversos intentos para tratar las inundaciones parecen demostrar que no podemos evitar estos grandes fenómenos naturales. Sería mucho menos destructivo si los humanos no los hubiesen modificado mediante operaciones poco prudentes". Sin embargo, tuvimos que esperar hasta mediados del siglo XX para que comenzasen a ponerse en práctica programas de manejo de riesgos catastróficos. Hoy, el desarrollo de la teoría del gerenciamiento de riesgos así como la investigación empírica de la exposición catastrófica nos ha permitido trazar un marco general para el análisis de esta cuestión.
Tres áreas clave necesitan particular atención: la evaluación e identificación de riesgos, las actividades para mitigarlos y, por último, la transferencia de los que no pueden eliminarse ni reducirse mediante mecanismos para compartirlos.
Evaluar los riesgos es fundamentalmente un tema para técnicos e ingenieros. Existen y se emplean muchas herramientas para predecir la ocurrencia de catástrofes, o determinar qué sectores o zonas están más expuestos. Nuevos avances en la tecnología de la información ofrecen la posibilidad de estimar con mayor precisión las probabilidades y potenciales pérdidas de futuros desastres. El desarrollo de computadoras más veloces y poderosas, y la existencia de datos mejores sobre riesgos, bienes y personas expuestos nos permiten examinar fenómenos extremadamente complejos. Tanto en el mundo académico como en el de los negocios se conoce el modelo meteorológico para huracanes e inundaciones y las técnicas geodésicas para terremotos. Los aseguradores también han logrado mejores capacidades para entender los riesgos naturales y desarrollar modernas técnicas de valuación de riesgos. Identificar peligros y riesgos es de la mayor importancia para poner en marcha medidas de mitigación y desarrollar sistemas de transferencia de riesgos. Sin embargo, no todas estas herramientas se aplican. Reunir los datos necesarios y compartir información entre las partes involucradas no es siempre tan simple. Existe un límite financiero a lo que puede hacerse en los países pobres. Las corporaciones no tienen necesariamente verdaderos incentivos comerciales para poner en marcha o difundir sus técnicas en zonas proclives a las catástrofes. Esto requiere, sin ninguna duda, una mayor asociación entre el sector público y el privado.
Las medidas de mitigación son actividades ex-ante que se toman antes de que ocurra una catástrofe. Reducen las pérdidas en la cola de la distribución, expanden la capacidad de la industria aseguradora y disminuyen los precios del reaseguro. Lamentablemente, la gente es renuente a la inversión voluntaria en prevención. Muchos factores pueden explicar este comportamiento. Con frecuencia tienen una percepción errónea de los riesgos que afrontan. Los horizontes temporales en los que desean recuperar sus inversiones son relativamente breves. Creen asimismo que, de producirse un desastre, serán financieramente responsables por sólo una pequeña fracción de sus pérdidas porque anticipan una ayuda liberal para aliviar las consecuencias del desastre, o una exposición limitada de activos. Por último, como en el caso de las personas de bajos ingresos, la gente será renuente a incurrir en los costos anticipados que se asocian con las medidas de protección. Podrían no estar en condiciones de afrontarlos.
No obstante, las medidas de mitigación -por ejemplo, un código de edificación bien aplicado- es un medio eficiente para reducir las consecuencias del riesgo de catástrofe. En el epicentro del reciente terremoto en India quedan en pie, intactos, algunos edificios rodeados por otros que se desplomaron demostrando así, como también lo probó el terremoto turco de 1999, que el diseño y calidad de los edificios son cruciales. Este es el principal motivo por el que los terremotos en naciones desarrolladas matan menos gente que en países pobres.
Es muy importante desarrollar los medios para estimular y requerir que familias, empresas y gobiernos adopten medidas eficaces en relación con su costo para reducir los siniestros. También en esto tienen un papel tanto el sector público como el privado. Las entidades aseguradoras locales ofrecen incentivos basados en las características del mercado, como rebajas de primas para seguros de casas bien diseñadas o seguros con franquicia. Los gobiernos fijan requisitos, estándares y reglamentaciones tales como códigos drásticos y bien aplicados y controles sobre el uso de la tierra.
Poner en marcha estos mecanismos no es tarea sencilla. Debe tomarse en cuenta la historia, el sistema institucional y las limitaciones financieras de cada país. Pero el reciente programa instituido en Turquía, con la ayuda de la voluntad común, nos lleva a pensar que es posible lograrlo. El otro punto importante es la transferencia de riesgos que no pueden eliminarse ni reducirse mediante mecanismos para distribuirlos o financiarlos.
Ocurrida una catástrofe natural, son tres las principales posibilidades existentes para cubrir las consecuencias económicas de los daños ocasionados. La provisión de fondos por el público es una de ellas, y depende de la capacidad financiera y fiscal del Estado para distribuir la pérdida entre muchos ciudadanos. Sin embargo, las pérdidas tienden a ser soportadas por los presupuestos nacionales, que no son ilimitados. El segundo camino es contar con donantes internacionales. No obstante, para los países con elevada exposición a riesgos naturales no resulta sostenible confiar en las donaciones de emergencia y los préstamos retroactivos de organismos internacionales. Por último, las entidades aseguradoras representan la tercer posibilidad. Pero ante las enormes pérdidas causadas por catástrofes naturales, las aseguradoras tradicionales ya no financian la cobertura mediante su ramo de seguros para eventos catastróficos. El problema surge porque este riesgo no puede diversificarse con amplitud en un contexto de seguros en el que los aseguradores suministran cobertura en ramos bien definidos. Las catástrofes naturales tienden a ocurrir en determinadas zonas del planeta. Por lo tanto, los reaseguradores no pueden diseminar el riesgo con facilidad a través del mundo; por otra parte, en un mercado competitivo no es posible que unos ramos subsidien a otros.
En años recientes surgieron nuevos instrumentos de transferencia de riesgos en los que los mercados de capitales actúan como complemento del seguro y el reaseguro tradicional. En algunos mercados se dispone hoy de títulos y opciones atados a índices de riesgos catastróficos y seguros de índices basados en información meteorológica.
Estas herramientas financieras brindan cobertura a empresas a las que un gran desastre natural podría arrojar en la insolvencia. También ofrecen protección financiera a gobiernos locales y nacionales que tras un evento catastrófico tienen dificultades en obtener fondos. Además, pueden atraer inversores pues aumentan la diversificación cuando se combinan en una cartera financiera con otras clases de activos.
El mercado de capitales sólo puede ofrecer protección financiera contra desastres de la naturaleza si los riesgos en juego pueden cuantificarse debidamente. La elaboración de modelos matemáticos de los riesgos y la vulnerabilidad de regiones sujetas a desastres naturales son, pues, elementos críticos para cualquier solución que comprenda a los mercados de capitales. Confiemos en que estas nuevas herramientas atraerán cada vez a más inversores. Ello conducirá, necesariamente, a una cuantificación del riesgo de catástrofe y un proceso de evaluación más profundos y, por lo tanto, mejorará la prevención de tales riesgos.
Las predicciones sugieren que más de 5.500 millones de personas vivirán en ciudades hacia el año 2025, y gran parte de esta población estará cerca de regiones sometidas a riesgos sísmicos. Las estadísticas muestran claramente que en este siglo varias zonas urbanas de gran magnitud sufrirán poderosos terremotos y otras catástrofes naturales. Los gobiernos y los responsables de las decisiones deberían tener en cuenta los terribles acontecimientos recientes (en particular, el terremoto en El Salvador) y tomar conciencia de la gravedad de la situación. Si quienes tienen intereses concretos no hacen un esfuerzo serio para poner en marcha programas operativos eficientes para el manejo de riesgos catastróficos, parece inevitable que, lamentablemente, habrá de ocurrir lo peor.

Traducción: Mauricio Kitaigorodzki
1 Christophe Courbage se sumará a la Geneva Association en el verano boreal del corriente año para dirigir la investigación sobre 'Salud y Envejecimiento'. Para contactarlo, dirigirse a courbage@genevaassociation.org [Nota de Redacción de Geneva Association]

 
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